sábado, 6 de diciembre de 2008




Bueno, era uno de esos días en los que la ciudad comenzaba ya a darme claustrofobia. Así que hice lo que cualquier civilizaciónfóbico hubiera hecho en mi lugar: me tomé el 93 a Retiro, me subí a un tren y me fui lejos lejos. En realidad no tan lejos, ya que el tren llegaba hasta Villa Ballester. Pero me subí a otro, y seguí, hasta Campana. Me hubiera gustado llegar a Zárate, pero no me había despertado lo suficientemente temprano, y tampoco quería perder todo el día viajando. Y bueno, así fue como sin querer queriendo, involuntaria pero voluntariamente al mismo tiempo llegué al lugar tuyo de vos en el cual no estabas y al mismo tiempo del cual venías y sin embargo con el que pude yo mirarte nuevamente, sin mirarte a la cara, claro está, y comprender algo más de vos, si, tarde quizás pero comprender al fin y al cabo, o quizás no.. recorrer las calles de tu lugar a la hora de la siesta, respirar y contagiarme de esa quietud y esa tranquilidad y esos rayos de sol que se filtraban por las copas de los árboles, acariciando las veredas corroídas por el tiempo..


De todos modos sigo pensando que sos un infeliz,


pero me gusta tu lugar




3 comentarios:

Pep dijo...

Hola! Me ha gustado mucho el post, transmites muy bien el sentimiento que quieres expresar, me sentí identificado en ciertas líneas.

Sigue así.

Anónimo dijo...

Siempre quise hacerla esa, la de salir medio sin rumbo y medio sabiendo a dónde se va, pero nunca tuve huevos.

Anónimo dijo...

Pedacito de cielo

La casa tenía una reja
pintada con quejas
y cantos de amor.
La noche llenaba de ojeras
la reja, la hiedra
y el viejo balcón...
Recuerdo que entonces reías
si yo te leía
mi verso mejor
y ahora, capricho del tiempo,
leyendo esos versos
¡lloramos los dos!

Los años de la infancia
pasaron, pasaron...
La reja está dormida de tanto silencio
y en aquel pedacito de cielo
se quedó tu alegría y mi amor.
Los años han pasado
terribles, malvados,
dejando esa esperanza que no ha de llegar
y recuerdo tu gesto travieso
después de aquel beso
robado al azar...

Tal vez se enfrió con la brisa
tu cálida risa,
tu límpida voz...
Tal vez escapó a tus ojeras
la reja, la hiedra
y el viejo balcón...
Tus ojos de azúcar quemada
tenían distancias
doradas al sol...
¡Y hoy quieres hallar como entonces
la reja de bronce
temblando de amor!...


Medio maricón, pero bueno.