lunes, 8 de junio de 2009

nada,
quiero decir,
eso,
Nada.
Me han robado
las palabras,
Han partido llevándose las,
Ni siquiera han tenido la consideración de dejarme,
al menos,
Una palabra
de alivio,
de consuelo,
Una Palabra.
ni una,
Nada.

domingo, 7 de junio de 2009

De la física anatómica emocional que nunca nos enseñaron en el colegio

O acerca de lo que alguien supo alguna vez bien llamar "la lenta máquina del desamor".

"¿Que por qué nos caemos? Para aprender a levantarnos..."

En ciertas ocasiones, usualmente coincidentes con el Plenilunio, (lo cual resulta curioso e increíble a la vez, aunque no por ello menos cierto, al punto tal de hacernos considerar la posibilidad de que dicho fenómeno, lejos de ser un mero capricho de las constelaciones danzantes en la bóveda celeste, cuente con sólidos fundamentos aún no establecidos de carácter astrológico ancestral), aquello que hasta el momento creímos era nuestro Cable a tierra, sufre una inexplicable metamorfosis involutiva, adoptando peculiar morfología de peligrosa arma de fuego, a como ser un rifle, o un máuser, o un fusil. Da igual. El punto es que, olvidando evidentemente su función original, con siniestro cálculo y frialdad, nuestro alguna vez tan querido Cable a Tierra procede a apuntar sin pudor hacia nuestras integridades, disparando directo al hemisferio superior izquierdo de nuestros volúmenes corpóreos, donde, como es bien sabido, se aloja cierto tejido muscular latente de considerable fragilidad, suceptible a las colisiones. Dándose por sobreentendido el hecho de que este tejido de incalculable valor se encuentra profundamente arraigado a nuestras corporeidades, es impensable evaluar la posibilidad de una huída de emergencia por parte de su persona. De modo que, viéndose a sí mismo expuesto, desamparado, librado a la merced de nuestro ahora poseído por las fuerzas del mal endemoniado Cable a tierra, y, por sobre todo, desprovisto de mecanismo alguno de defensa, procede ante el impacto a reventar, desintegrándose en billonésimas de partes de fragmentos de átomos de tibio tejido muscular latente, que fortuita ráfaga de viento se dedica a distribuir libremente por el Cosmos.

Nuestras corporeidades, por una fracción de microsegundo anestesiadas, experimentan en ese instante una incomprensible sensación de liviandad, producto, claro está, del súbito vaciamiento de sus interioridades. Ajenas al frío, calor, sueño, hambre. Dolor. Sólo por una fracción de microsegundo, claro está. Luego es el derrumbe, la devastación, el ahogo y los platos rotos. Una vorágine de sentimientos que arremete contra nuestras corporeidades arrasando con todo a su paso.

Cuando el temporal finalmente cesa, y gracias a ciertas leyes aun no identificadas de la metafísica electromagnética antiexpansiva, las billonésimas de partes de fragmentos de tejido muscular latente comienzan a desandar azaroso recorrido, reencontrándose nuevamente en el punto de partida, prestas a iniciar reconstrucción edificante de añorada totalidad que alguna vez supieron conjuntamente conformar. Procurando afianzar con mayor eficacia los cimientos, a fin de prevenir nueva posible debacle, evitando cometer abusos en lo que al reforzamiento estructural de dicho volumen concierne, ya que esto podría traducirse en un excesivo endurecimiento de la coraza protectora del desventurado tejido muscular latente, fenómeno que le generaría una notable dificultad para desarrollar con normalidad su característica rítmica de latido vital, obstruyendo o hasta llegando a impedir en algunos casos el ingreso de nuevas sensaciones al volumen.

De todas formas, como ha sido confirmado por los más eximios estadistas en la materia, es básicamente imposible e impensable el levantamiento de semejante idílica obra arquitectónica carente de debilidades. Queremos decir con esto, siempre queda alguna grieta en algún lugar, oculta entre dos o tres partes de fragmentos de tejido muscular latente, que con rebeldía se niegan a fusionarse en unión sacra, dejando ínfima abertura, prácticamente imperceptible, pero innegable. Basta con que alguna ventolina, brisa, partícula, o simple y aparentemente inofensiva memoria ose traspasar dicho orificio, introduciéndose en lo que podríamos identificar como el corazón del tejido muscular latente, provocándole indefectiblemente un leve cosquilleo, para que dicho estímulo genere impulso que enviado sin demora alerte al sistema nervioso del individuo, alcanzando en cuestión de microsegundos su centro operativo, quien dará entonces señal de emergencia y estado de sitio a su íntegra corporeidad. Pero será demasiado tarde, y antes que los conductos transmisores lacrimógenos puedan ser hermeticamente bloqueados, una lágrima se deslizará por la fría mejilla del individuo, lo cual será un alivio para el susodicho, cuando finalmente logre comprender que esa pequeña molécula acuosa no es otra cosa que una reafirmación de la continuidad de su condición humana.