Un martes 13 de algún enero en el barrio de Retiro.
Está en la terminal, está en el andén. (Por un último instante).
Con la mochila en los hombros.
En su habitación quedaron los discos, la alcancía llena de caracoles. (Ya no)
En el andén la familia. (Ahora los mira a través de la ventanilla)
Los mira quedar... quedar... cada vez más pequeños, más borrosos, ilegibles, irreconocibles,
Cada vez más imperceptibles. Lejanos. Idos.
Y Él(un él cualquiera, un él sin relevancia) está en la oficina de los martes. La misma que la de los lunes, miércoles, viernes, eneros y años.
Con su camisa almidonada y su pelo al ras y su billetera repleta de tickets canasta. Con sus prejuicios, preceptos, presunciones . Presiones. También certezas (no siempre tan ciertas, por cierto, pero esto él lo ignora. Si supiera).
Tipeando números en el computador. Ordenando papeles.
Burocratizando por ahí.
Ambos, que no se piensan ni se extrañan (Ni tampoco se despiden)
Quizás ni siquiera se conozcan (Probablemente no se conozcan)
Y sin embargo, el abismo imaginario que separándolos fuera, ahora Es.
Palpable. Real.
Y mientras tanto, La Ciudad que se desdibuja.
Deslineándose, desalturizandose, desprotagonizándose.
Y que siéndose dejada atrás,
Desaparece.
lunes, 12 de enero de 2009
miércoles, 7 de enero de 2009
Saudade.
Es lo que lo impulsa a idealizar todo aquello que deja atrás desde el preciso instante en que se enciende el motor y el colectivo comienza a devorar kilómetros a toda velocidad.
Son sus ojos llenos de lágrimas cada vez que algún amigo decide ir a visitarlo.
Y la razón por la que un simple kilo de yerba lo hace tanto más feliz que cualquier otro regalo que pudieran obsequiarle.
Es también el motivo por el que todas las noches, antes de ir a dormir, se queda tirado en la cama mirando viejos álbumes de fotografías, enseñándole a su pequeña garota los nombres de todos aquellos rostros desconocidos por ella, sus familiares.
Es lo que lo hace romper en llanto cuando finalmente, luego de siete años de distanciamiento, ve a su hermano cruzar el umbral de su casa, trayendo a cuestas el aroma a su ciudad, y aquel abrazo que tanto anda necesitando.
Es eso que esta ahí, siempre a la guardia, negándole el paso al olvido.

(También podría ser algo así como esta canción)
(O ésta)
Son sus ojos llenos de lágrimas cada vez que algún amigo decide ir a visitarlo.
Y la razón por la que un simple kilo de yerba lo hace tanto más feliz que cualquier otro regalo que pudieran obsequiarle.
Es también el motivo por el que todas las noches, antes de ir a dormir, se queda tirado en la cama mirando viejos álbumes de fotografías, enseñándole a su pequeña garota los nombres de todos aquellos rostros desconocidos por ella, sus familiares.
Es lo que lo hace romper en llanto cuando finalmente, luego de siete años de distanciamiento, ve a su hermano cruzar el umbral de su casa, trayendo a cuestas el aroma a su ciudad, y aquel abrazo que tanto anda necesitando.
Es eso que esta ahí, siempre a la guardia, negándole el paso al olvido.
(También podría ser algo así como esta canción)
(O ésta)
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