domingo, 5 de julio de 2009

Me aliviaba el creer que nada había vístose roto en aquella oportunidad,
Y que a veces la ternura no es sino un sentimiento de pena,
aunque más dulce...
Pero algo sí se rompió.
Sólo que no supe verlo a tiempo.
Y ahora que el aire comienza a entibiarse,
La lágrima ya no cae.
Saboreamos el silencio…
Muy de vez en cuando, arañamos nuestro interior,
Lentamente quitamos la cáscara a nuestras cicatrices,
¡Cuánto daría por volver atrás!
-Repite una y otra vez-
Liberar todas aquellas palabras que nunca dije ,
las mismas que ahora me duelen por dentro…
Pero no se puede.
-No se puede-
Y nada tiene sentido.
¡Y es que tantas veces pocas cosas tienen sentido!
Su ser no tiene sentido. Por eso se desmorona.
Y entonces, ¿Qué hacemos?
Con tanta palabra que no dijimos,
Con todo aquello que supimos imaginar y no fue, y ya no será
Me clavó su mirada fría y en la cantina me leyó el alma...
Luego pronunció la sentencia que yo hace rato,
-No tanto-
Había descubierto por mi misma.
Y es que sinceramente no sé cuando fue que comencé a vivir en la nostalgia.
Me hace preguntas que no puedo contestar...
Y ahora ves, ¿Te das cuenta?
Si al final la vida no es más que una incesante máquina de desencantos.
Supongo que nos gusta sufrir.
Me clavaste tu mirada azul invierno y me preguntaste despacio,
Eligiendo cuidadosamente cada palabra…
Me hacés preguntas que no puedo responder.
¿Y las palabras? ¿Y lo que no fue?
Qué cíclico y enfermizo,
Vicioso, estúpido, absurdo,
Inevitable
Que duele y cuando ya no tanto duele,
Duele el que deje de doler,
Inconformistas sin remedio.
Hasta que algún día ya no duele más.
Y es precisamente ahí cuando nos damos cuenta.
Que algo sí se rompió.
(Sólo que no supimos verlo a tiempo)

lunes, 8 de junio de 2009

nada,
quiero decir,
eso,
Nada.
Me han robado
las palabras,
Han partido llevándose las,
Ni siquiera han tenido la consideración de dejarme,
al menos,
Una palabra
de alivio,
de consuelo,
Una Palabra.
ni una,
Nada.

domingo, 7 de junio de 2009

De la física anatómica emocional que nunca nos enseñaron en el colegio

O acerca de lo que alguien supo alguna vez bien llamar "la lenta máquina del desamor".

"¿Que por qué nos caemos? Para aprender a levantarnos..."

En ciertas ocasiones, usualmente coincidentes con el Plenilunio, (lo cual resulta curioso e increíble a la vez, aunque no por ello menos cierto, al punto tal de hacernos considerar la posibilidad de que dicho fenómeno, lejos de ser un mero capricho de las constelaciones danzantes en la bóveda celeste, cuente con sólidos fundamentos aún no establecidos de carácter astrológico ancestral), aquello que hasta el momento creímos era nuestro Cable a tierra, sufre una inexplicable metamorfosis involutiva, adoptando peculiar morfología de peligrosa arma de fuego, a como ser un rifle, o un máuser, o un fusil. Da igual. El punto es que, olvidando evidentemente su función original, con siniestro cálculo y frialdad, nuestro alguna vez tan querido Cable a Tierra procede a apuntar sin pudor hacia nuestras integridades, disparando directo al hemisferio superior izquierdo de nuestros volúmenes corpóreos, donde, como es bien sabido, se aloja cierto tejido muscular latente de considerable fragilidad, suceptible a las colisiones. Dándose por sobreentendido el hecho de que este tejido de incalculable valor se encuentra profundamente arraigado a nuestras corporeidades, es impensable evaluar la posibilidad de una huída de emergencia por parte de su persona. De modo que, viéndose a sí mismo expuesto, desamparado, librado a la merced de nuestro ahora poseído por las fuerzas del mal endemoniado Cable a tierra, y, por sobre todo, desprovisto de mecanismo alguno de defensa, procede ante el impacto a reventar, desintegrándose en billonésimas de partes de fragmentos de átomos de tibio tejido muscular latente, que fortuita ráfaga de viento se dedica a distribuir libremente por el Cosmos.

Nuestras corporeidades, por una fracción de microsegundo anestesiadas, experimentan en ese instante una incomprensible sensación de liviandad, producto, claro está, del súbito vaciamiento de sus interioridades. Ajenas al frío, calor, sueño, hambre. Dolor. Sólo por una fracción de microsegundo, claro está. Luego es el derrumbe, la devastación, el ahogo y los platos rotos. Una vorágine de sentimientos que arremete contra nuestras corporeidades arrasando con todo a su paso.

Cuando el temporal finalmente cesa, y gracias a ciertas leyes aun no identificadas de la metafísica electromagnética antiexpansiva, las billonésimas de partes de fragmentos de tejido muscular latente comienzan a desandar azaroso recorrido, reencontrándose nuevamente en el punto de partida, prestas a iniciar reconstrucción edificante de añorada totalidad que alguna vez supieron conjuntamente conformar. Procurando afianzar con mayor eficacia los cimientos, a fin de prevenir nueva posible debacle, evitando cometer abusos en lo que al reforzamiento estructural de dicho volumen concierne, ya que esto podría traducirse en un excesivo endurecimiento de la coraza protectora del desventurado tejido muscular latente, fenómeno que le generaría una notable dificultad para desarrollar con normalidad su característica rítmica de latido vital, obstruyendo o hasta llegando a impedir en algunos casos el ingreso de nuevas sensaciones al volumen.

De todas formas, como ha sido confirmado por los más eximios estadistas en la materia, es básicamente imposible e impensable el levantamiento de semejante idílica obra arquitectónica carente de debilidades. Queremos decir con esto, siempre queda alguna grieta en algún lugar, oculta entre dos o tres partes de fragmentos de tejido muscular latente, que con rebeldía se niegan a fusionarse en unión sacra, dejando ínfima abertura, prácticamente imperceptible, pero innegable. Basta con que alguna ventolina, brisa, partícula, o simple y aparentemente inofensiva memoria ose traspasar dicho orificio, introduciéndose en lo que podríamos identificar como el corazón del tejido muscular latente, provocándole indefectiblemente un leve cosquilleo, para que dicho estímulo genere impulso que enviado sin demora alerte al sistema nervioso del individuo, alcanzando en cuestión de microsegundos su centro operativo, quien dará entonces señal de emergencia y estado de sitio a su íntegra corporeidad. Pero será demasiado tarde, y antes que los conductos transmisores lacrimógenos puedan ser hermeticamente bloqueados, una lágrima se deslizará por la fría mejilla del individuo, lo cual será un alivio para el susodicho, cuando finalmente logre comprender que esa pequeña molécula acuosa no es otra cosa que una reafirmación de la continuidad de su condición humana.

lunes, 27 de abril de 2009

Del síndrome de ansiedad, o acerca del pensamiento mágico a la inversa

Muy de vez en cuando pareciera como si los astros pusiéranse de acuerdo y alineáranse y Sí, no queda otra, sino cómo explicar el tibio vapor escapando de la pava que algún cercano anónimo abandonó a punto caramelo justo en mi trayecto culinario matutino, lo cual implica dos cucharadas de café y media de azúcar y ya estamos listos para afrontar la desafiante tarea de despertar a la insomne que supo usurpar mi integridad hace ¿Cuánto? ¡Tanto! Tiempo que dejé de llevar la cuenta… Luego fue cuestión de sentarse y llevar a cabo la obligada ineludible llamada telefónica anticipando aquel No de respuesta que por una puta bendita vez en la vida resultó ser un Sí -cosa de no creer- y entonces todo se redujo en un abrir y cerrar de ojos a la sencilla ecuación de salir corriendo a la velocidad del cuadrado inverso, disminuir los cinco pisos que se interponen entre mi integridad y el común denominador realidad, y multiplicar baldosas a ritmo creciente exponencial pensando a la vez en la boca del subte y la hora pico y el sudor otoñal que es algo así como menos húmedo que el veraniego pero más salado que el primaveral aunque menos intenso, cuando un colectivo evidentemente interpuesto por gracia y voluntad de los cuerpos celestes en el camino que separa a mi integridad de las fauces de la pesadilla subterránea, salvome de toda aquella odisea porteña y recién ahora puedo afirmar que estoy en carrera rumbo a mi mentalmente establecida meta de la fecha, nunca tanta ansiedad por llegar a las inmediaciones Constitucionales pero bueno no es apropiado, podría considerárselo hasta casi políticamente incorrecto, anticiparse a las circunstancias por lo que habré de limitarme a tapar mi lapicera con su respectivo capuchón, guardar el cuaderno en el morral y abrir unos tres o cuatro centímetros la ventanilla para permitir que una reconfortante ráfaga de viento me dé de lleno en la cara procurando claro está no incordiar o importunar a algún viajero con escaso estóc de tolerancia, ya que podría fastidiarse y realmente debo admitir que el susodicho tendría razón porque ese cartel, ese maldito increpante cartel con su dedo acusador que me dice que No, y Yo que de todas maneras decido ignorarlo, ¡Ah! ¡Osada transeúnte rebelde sin causa! ¡Quién pudiera comprender tus razones! Y es que no me puedo contener además siempre padecí de cierta aprehensión a la prolongada permanencia en cubículos de extensión reducida, aunque por otra parte jamás podría soportar cargar con la culpa de ser la responsable de otra integridad más circulando por las calles de Buenos Aires con una neumonía de grado tres, tosiendo y moqueando su desgracia en plena avenida, ¡Pobre integridad! Me aflige el solo pensarlo, se me frunce el entrecejo y hasta puedo sentir mi corazón estrujándose de amargura ante tan terrible imagen… Pero bueno por suerte el bondi está vacío así que las probabilidades de que aquello suceda se reducen a cifras infinitamente sexagesimales, y a esta instancia creo un deber el confesar que jamás fui descollante en lo que concierne al túrbido terreno de las matemáticas pero es preciso reconocer, qué bien y qué importante y qué inteligente se siente uno pronunciando estos términos tan, tan elaborados, o porqué no también, mandando a aquel individuo que fue tan descaradamente desagradable con nuestras integridades a irse al logaritmo del paralelepípedo que lo recuadratizó… En fin, como dije antes debo dejar de escribir no sea cosa que los astros crean que peco de soberbia y se transformen en musaraña de vuelta. Aparte la ciudad despierta, alcanza el apogeo de su musicalidad y mientras la gente que marcha en un dos por tres y el bondi que avanza a lo tres por cuatro, -¿O es que en realidad Tacuarí está retrocediendo, en un fenómeno de carácter sobrenatural sin precedentes?-, como decía, mientras todo este caos que orbita a mi alrededor Es, yo ya puedo percibir con gusto la maquinaria del microcentro en la cercanía latente, y algo más allá Constitución que pulsa y expulsa al ritmo de mis venas. Agradecemos entonces a los astros que muy de vez en cuando dan muestras de su faceta amigable, y nos libramos a su merced.

sábado, 25 de abril de 2009

Irreversible

Volvé.
Despertate, levantate.
Elevate.
Que el viento no acaricie tu rostro.
Que el viento no te despeine.
Que el viento no te arañe la piel.
Subí. Volvé.
No mires hacia abajo.
Cerrá esa ventana.
Vení, volvé a la cama.
Que afuera hace frío, y el cemento es azul.
El frío también lo es.
Vení, volvé.
Y no abras esa ventana,
Por favor no abras esa ventana.

domingo, 12 de abril de 2009

De la Catarsis

Estática y filosa recortábase su sombra del piso de azulejos rojos. En la cocina, de pie, inmóvil, a contraluz. Temblaba. Con cada centímetro de su cuerpo crispado por la rabia. Las pupilas dilatadas, los puños apretados y un nudo en la garganta. El pecho henchíasele de bronca en cada inspiración. Cada bocanada de aire era una ráfaga ardiente quemándola por dentro. Desprecio, cólera, resentimiento e incredulidad emanaban de su mirada. Una vorágine de sentimientos que le brotaba por los poros recorriendo su integridad de punta a punta, erizándole la piel. Dentro de sí, a la altura del estómago, comenzaba a engendrarse una masa amorfa, latente. Crecía rapidamente, con pulso definido, consistencia en aumento. Sigilosamente avanzando, apoderándose a su paso de cada rincón disponible. Cuando ya no le resultaba posible continuar expandiéndose, empezó a subir. A escalar. Estaba llegando. La sentía venir. Separó los labios, lista para la expulsión. Fracasó en el intento de emitir sonido alguno. Atascamiento. Cerró los ojos e ignorando las -cada vez mayores- oleadas de nauseas que comenzaban invadirla, finalmente pudo. Escupió dos palabras, cargadas con todo el veneno, la ira, sus verdades, su rencor. Todos sus reproches concentrados en dos palabras. Y entonces, sintiéndose tanto realizada cómo completamente vacía a la vez, se desplomó y, acurrucada sobre el frío suelo de azulejos rojos, lloró.

viernes, 10 de abril de 2009

Me gusta cuando el sol quema al mediodía y yo estoy debajo del sol y camino por una calle de adoquines y hace tanto calor que hasta las sombras de las copas de los árboles comienzan a derretirse se funden entre sí se deslizan por entre las ramas y van salpicando la vereda formando charcos luminosos a su alrededor que no piso el borde de las baldosas refugio del musgo que crece y asoma y sin temor a resbalar pienso hace tanto tiempo ya de la última vez que fue también la vez primera en que estos escalones y el recuerdo del otoño de su aroma y del frío y tu bufanda roja un colchón de hojas secas bajo nuestro caminar que la brisa del viento acompañaba al compás y dejando atrás el cemento me sumerjo ahora en un camino de tierra porque tanto peregrinaje tanta travesía trayecto paisaje recorrido tanta odisea periplo y traslado para finalmente llegar al agua al río al descampado donde se pudren los autos quemados robados sin puertas ni asientos en silencio y sin prisa con moho y verdín.

jueves, 5 de febrero de 2009

entonces acá estoy yo mirándome a mí misma
el papel es mi espejo escribo
todo lo que pienso lo que se me viene a la mente sin sentido sin orden sin puntos ni comas
sin gramática sintaxis
sin volver atrás
escribo para conocerme para entenderme me pongo a prueba
escribiendo intento descubrir si realmente soy las palabras que salen de mi boca
ese discurso que harto han escuchado mis oídos y
con las palabras dibujo también voy dibujando mi
camino delineándolo como el contorno de la palma de la mano y
siguiendo las líneas con la mirada voy y vuelvo y me enriedo yo también y me pierdo dando vueltas en la espiral que no es no hay
y me quiero y no me quiero por momentos me entiendo y me vuelvo a querer un poco más
creo que nadie me conoce en realidad creo
que la que no me conoce soy yo
y me doy cuenta que a veces soy volviendo y vivo en el pasado me gusta
pero al mismo tiempo no porque mi pensamiento esta en el pendiente presente lejano no tanto porvenir
pero si todavía no existe entonces cómo que se yo no sé
pero estoy corriendo al final otra vez siempre corriendo para alcanzarlo al tren
y ni siquiera sé por qué no sé
si es el eso en sí o el no acá o el sí allá y sigo corriendo
en círculos porque llego a las mismas conclusiones que alguna vez llegué
y entonces ante mis ojos esas conclusiones vuelven a transformarse en preguntas interrogantes
mis certezas y mis dudas son la misma hija de otra madre y cómo no caer en la redundancia
en la monotonía cómo no en la rutina en la homogeneidad en la invariabilidad en la inercia
si mi hacer no es más que
no son más que variaciones sobre mi propio único mismo ser si
yo tambien soy hija de mis certezas y mis dudas
y si no pierdo la costumbre de tan seguido perder el hilo de mi razonamiento y buscándolo desando camino y llego al principio la punta la hilacha y es cuestión de volver a empezar avanzar tropezar y girar y dejarse caer.

martes, 3 de febrero de 2009

De expectativas y desengaños, o sucesos irrelevantes que pudieran llegar a acontecer en una noche de insomnio..

Recién cae en la cuenta de que todo fue tan sólo un falso espectáculo montado por sí misma como medio de justificación para su prolongada e infructífera espera a las 2 y 47 de la madrugada, momento exacto en que el inesperado sonido del teléfono interrumpe avallasador sus meditaciones baratas de medianoche. Y es que todo acto heroico, por más pequeño que sea, merece una respuesta. Sí señor. O al menos así debiera ser. En ese preciso instante al carajo se van su paz interior, el mate, los clasificados, las cartas de presentación, el lamento de Gabo Ferro y La Maga que hace rato ya que duerme a su lado hecha un ovillo sobre la silla a cuadros. El corazón se le sale literalmente por la boca, pero de forma tan fugaz que resulta imperceptible ante los oculares del testigo inexistente. Entonces se pregunta si es, si sería, si será, y sin pensarlo dos veces atiende, dice hola e inmediatamente corta, impidiendo a su interlocutor en potencia toda posibilidad de respuesta. Si será Cagona.
Por unos breves pero interminables segundos todo queda sumido en absoluto silencio. No llegan a despertarse las ciento noventa y tres voces interiores que habitan su cabeza para emitir como de costumbre despiada opinión sobre su accionar, intempestiva, desordenada y ferozmente, cuando el aparato diabólico comienza a sonar. Otra vez. Y lo mira. Y suena. Y lo mira. Y suena. Y lo mira, y continua mirándolo como si fuera bicho raro. La escena podría así prolongarse durante horas , consiguiendo elevar los niveles adrenalínicos de nuestro previamente mencionado testigo inexistente a desconocidos niveles jamás siquiera sospechados. Pero no.
Atiende.

Y entonces, a continuación, la frustración hecha llamada telefónica.

-Hola, si, está Carlos?
-Eh?
-Carlos!
-Ah. No. Equivocado.

-clic.-

Puta madre.


Mientras tanto los noticieros hablan. Dicen que en Río Cuarto hay alerta meteorológica, granizo y corte de luz generalizado.
Y Ella piensa. Que mientras algunos se sumergen y nadan momentáneamente en una oscuridad figurativa, Él estira los brazos y tantea la Nada buscando la caja de fosforos salvadora. Que está llena de fosforos. Usados. Obvio. Mejor. Si pusiera las manos en fuego se quema, seguro.

lunes, 12 de enero de 2009

Premonición. (O acerca de lo que pudiera llegar a acontecer en el eje de las simultaneidades. O no.)

Un martes 13 de algún enero en el barrio de Retiro.

Está en la terminal, está en el andén. (Por un último instante).
Con la mochila en los hombros.
En su habitación quedaron los discos, la alcancía llena de caracoles. (Ya no)
En el andén la familia. (Ahora los mira a través de la ventanilla)
Los mira quedar... quedar... cada vez más pequeños, más borrosos, ilegibles, irreconocibles,
Cada vez más imperceptibles. Lejanos. Idos.

Y Él(un él cualquiera, un él sin relevancia) está en la oficina de los martes. La misma que la de los lunes, miércoles, viernes, eneros y años.
Con su camisa almidonada y su pelo al ras y su billetera repleta de tickets canasta. Con sus prejuicios, preceptos, presunciones . Presiones. También certezas (no siempre tan ciertas, por cierto, pero esto él lo ignora. Si supiera).
Tipeando números en el computador. Ordenando papeles.
Burocratizando por ahí.

Ambos, que no se piensan ni se extrañan (Ni tampoco se despiden)
Quizás ni siquiera se conozcan (Probablemente no se conozcan)
Y sin embargo, el abismo imaginario que separándolos fuera, ahora Es.
Palpable. Real.

Y mientras tanto, La Ciudad que se desdibuja.
Deslineándose, desalturizandose, desprotagonizándose.
Y que siéndose dejada atrás,
Desaparece.

miércoles, 7 de enero de 2009

Saudade.

Es lo que lo impulsa a idealizar todo aquello que deja atrás desde el preciso instante en que se enciende el motor y el colectivo comienza a devorar kilómetros a toda velocidad.

Son sus ojos llenos de lágrimas cada vez que algún amigo decide ir a visitarlo.

Y la razón por la que un simple kilo de yerba lo hace tanto más feliz que cualquier otro regalo que pudieran obsequiarle.

Es también el motivo por el que todas las noches, antes de ir a dormir, se queda tirado en la cama mirando viejos álbumes de fotografías, enseñándole a su pequeña garota los nombres de todos aquellos rostros desconocidos por ella, sus familiares.

Es lo que lo hace romper en llanto cuando finalmente, luego de siete años de distanciamiento, ve a su hermano cruzar el umbral de su casa, trayendo a cuestas el aroma a su ciudad, y aquel abrazo que tanto anda necesitando.



Es eso que esta ahí, siempre a la guardia, negándole el paso al olvido.



(También podría ser algo así como esta canción)
(O ésta)