Inés va y viene. Cada día más linda, cada día más lejos.
Se deja peinar, se deja pintar las uñas, se deja bañar.
Se deja.
La dejan.
Las manos le tiemblan, ya no recuerdan.
La dejan.
Las manos le tiemblan, ya no recuerdan.
Cómo amasaban, cómo hilvanaban, cómo escribían.
Martín finalmente se fue. Tanto jodía con que se iba a ir, y yo que no le creía.
Y se fue nomas. Dejando más de lo que consigo llevó.
El famoso borrón y cuenta nueva.
Sin pensarlo dos veces, cruzó el charco.
No sea cosa que lo fueran a buscar.
Ahora camina las calles del pueblo, haciéndolas suyas a cada paso.
El Venezolá cruza la frontera, por Formosa, ilegal.
De Fronterizo Clorinda a Puerto Falcon, hace rato ya no tiene nación.
Está pasado, drogado, limado.
Ido.
Se desnuda, corre, escupe, grita.
Grita y casi que puedo escucharlo, pana querido, desde el sur del mundo.
Lo veo: Treparse a los árboles, darle una paliza, huir.
Lo veo: Dormir (acurrucado). Despertarse. Llorar.
Está solo.
María piensa, una y otra vez:
No sabe si mandarlo al carajo, si pedirle perdón, o si perdonarlo ella también.
No sabe si mandarlo al carajo, si pedirle perdón, o si perdonarlo ella también.
No sabe si vale la pena. No sabe qué vale la pena.
Mientras tanto, en una pared de Villa Pueyrredón:
"Quiero extrañarte (¡Andate! ¡Andate!)"
No hay comentarios:
Publicar un comentario