¡Ay, Horacio! Si supieras la parva de cosas que tengo por contarte, imagínate que ya no me alcanzan los dedos de las manos, ni de los pies, ni siquiera pidiéndole una tercera mano a la Mabel bastaría para contabilizar apropiadamente el sinfín de cosas que tengo para decirte, pero bueno, da igual, puesto que son tantas que ya ni recuerdo, mi memoria nunca fue algo de lo que pudiera jactarme, por eso mismo es que siempre llevo una pluma en mi bolso, para que ningún ataque fugaz de lucidez me tome desprevenida: ni bien se me viene algún recuerdo a la mente, ¡Zas! Tomo mi pluma y lo anoto en un billete de colectivo. Antes solía emplear directamente la palma de la mano, pero ya sabes, no está bien visto que una mujer como yo ande por la vida con las manos en prosa justificada, sin contar con el hecho de que el transcurrir del día, y el manipuleo habitual, y las tareas del hogar, y la sudoración, y tantas otras cosas… Antes de que pudiera percatarme las líneas comenzaban a enredaderse entre sí, a borronearse -un verdadero mamarracho- y luego me volvía loca intentando descifrar qué habría querido decir en tal o cual frase. Afortunadamente los billetes de colectivo llevan impresa la fecha del viaje, para que llegado el momento pueda reestablecer un mínimo orden cronológico, ya que creo fervientemente las cosas deben ser contadas en su debido orden, de lo contrario todo el asunto perdería su encanto, su verosimilitud, su aroma a tostada con dulce de leche por las mañanas y su crujir de hojas sobre las baldosas amarillas que tanto me gustan camino al mercado de Don Fermín.
El punto es que, bueno, tú sabes como soy, siempre me repetías que tengo la peculiar virtud de transformar cualquier suceso insulso de mi cotidianeidad en todo un acontecimiento. Con esto no quiero insinuar que restaras importancia a las peripecias de mi vida diaria ni mucho menos, sino únicamente hacerte comprender, que a esta altura, y dadas las circunstancias, mi cartera se ha transformado prácticamente en un mar de billetes de colectivo: algunos nuevos, otros viejos y arrugados, a veces a punto de romperse, los más antiguos al borde de la pulverización, un par con restos de tinta o labial... La cuestión es que ahora debo tener extremo cuidado al sacar mi pulóver o el monedero, para evitar perder alguno, sino podría ocurrir que se extraviara para siempre, o, peor aún, cayera en otras manos, y entonces un perfecto desconocido estaría al tanto de cuánto gustó a la Mabel el budín que le horneé para su aniversario, o cómo finalmente logré que prendieran aquellos gajos de malvón que nos trajo tu madre en su última visita. Además de que, bueno, el monedero en sí-ése azul que me regalaste para mi último cumpleaños- nunca cerró muy bien, y si hay algo que detesto es la imagen congelada de las monedas volando por los aires previo a precipitarse en la vereda con el estruendo correspondiente, y rodar en todas las direcciones de los puntos cardinales, para finalmente zambullirse en el arroyo al costado del cordón, ¡Con lo difícil que es conseguirlas hoy por hoy! Y con lo necesarias que son para trasladarse en el transporte público, no quiero imaginar sino el dolor de cabeza que supondría conseguir la cantidad de billetes de colectivo suficientes como para escribir la infinidad de cosas que tengo para contarte.
Debo admitir que esto de comunicarnos por carta se me hace extraño, no estoy acostumbrada a la conversación unilateral. Y menos aún a tu lejanía. A veces imagino que estás enfrente de mí, tomando un café, y así se me hace más llevadero. Escribo todo lo que se me viene a la mente, así tal cual te lo diría, y es casi como si estuviéramos en la galería de casa, conversando.
En fin, te extraño. No entiendo como es que aún no tengo noticia tuya. Probablemente tenga razón la Mabel, ella dice que los hombres jamás se percatan de nuestras sutiles indirectas, como los nueve recados que te dejé por medio de la señora Susana. Y yo que creí, ingenuamente, éstos te habrían dado pauta de mi profundo interés por oír novedades de tu persona. Ni hablar de las tres cartas que te escribí. ¡Y la postal del Obelisco! Además estoy segura de que las has recibido, de modo contrario el cartero me las habría devuelto.
Te confieso, he tomado la costumbre de leer los obituarios todas las mañanas, no sea cosa que en una de esas -Dios no quiera- pero en una de esas… y yo no me entere… pero bueno, evidentemente No, estás bien, -gracias a Dios, que hasta ahora no quiso- porque las malas noticias viajan rápido, y hasta aquí no ha viajado más que esa única primera y última postal que me enviaste, diciéndome que llegaste bien, que todos muy amables y que el clima es agradable. Muy linda por cierto la vista de la Rambla, por un momento pude visualizarte allí, en plena caminata matutina, fumando un cigarro, escuchando el hipnótico romper de las olas una y otra vez contra la orilla. De todos modos no me basta con imaginarte, realmente me gustaría que fueras Tú quien me cuente. Supongo que tendré que aprender a ser paciente. Probablemente estés abarrotado de trabajo, al fin y al cabo a eso has ido, ¡A veces soy tan injusta contigo! Pero perdóname, perdóname y compréndeme, que para mí también es difícil.
En fin, me estoy quedando sin tinta otra vez y aún no he podido escribir ni una de todas las cosas quería decirte, quedarán para una próxima carta, supongo.
Te echo de menos, escríbeme.
R.
1 comentario:
Ey! Me encantó éste :) Tiene algunas caracteísticas tuyas el personaje me parece.
Keep it up!
Un besote grande!
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